Comportamiento y disciplina en la infancia

 

Si nos paramos a pensarlo, estamos rodeados de normas impuestas por la sociedad, normas que se transmiten de generación en generación. Parece que hoy en día todo lo que sea "por obligación" nos resulta molesto. No obstante, debemos reconocer que las reglas nos permiten saber cómo actuar en cada momento y nos ayudan a adaptarnos a las diferentes situaciones.

Nuestra función como padres es orientar la conducta de nuestros hijos, saber poner límites que con el tiempo pueden y deben ser más tolerantes, límites que debemos hacer respetar y obedecer si queremos que sean efectivos.

Lo importante es equilibrar la balanza. No se puede caer en la tiranía y el despotismo pero tampoco en la excesiva permisividad. Ambos extremos son perjudiciales. Si actuamos como si esto fuera una dictadura puede que los hijos respondan con rebeldía y la casa se convierta en un campo de batalla, si somos demasiado permisivos es difícil que ellos mismos se impongan sus propias reglas y no sepan a qué atenerse. Incluso pueden interpretarlo como una falta de interés en determinadas situaciones.

Los padres debemos ser, más que nunca, objetivos. Si algo implica realmente peligro las normas deben ser firmes y deben hacerse cumplir a rajatabla. Sin embargo, todos sabemos que no hay nada mejor que la experiencia para aprender. Por ello si la situación no reviste demasiado riesgo es bueno dejarles que tropiecen y aprendan de sus propios errores.

A la hora de establecer una norma para delimitar una conducta concreta, existen cuatro principios básicos y fundamentales:

  1. Debe estar formulada de manera clara y precisa, de modo que nunca puedan producirse malentendidos.

  2. Una vez establecida debe ser firme.

  3. Se limite la conducta o no a lo establecido, las consecuencias deben ser inmediatas para poder ver resultados.

  4. Las normas siempre deben ser razonables y deben acomodarse a las diferentes edades de nuestros hijos, de manera que puedan cumplirlas según sus capacidades evolutivas, evitando así los conflictos y las desilusiones.

Debido a la importancia de este último punto, hemos considerado oportuno hacer una clara distinción entre los problemas de disciplina en edades comprendidas de 0 y 5 años, de 6 a 11 años y de 12 a 16. Estas dos últimas etapas las abarcaremos, en esta misma sección, en los próximos meses. Centrémonos ahora en los conflictos que se manifiestan la primera etapa.

Lágrimas de cocodrilo

Evidentemente, los padres aprenden con el tiempo a distinguir los motivos por los que su hijo llora. Lo importante es que el niño no termine utilizando el berrinche como el modo de conseguir sus objetivos. De todos es conocida la doble compensación que obtienen, tanto los padres como los hijos, cuando el niño empieza a llorar y los padres acuden a consolarle. Se crea así una cadena de actuación beneficiosa, a priori, para ambas partes que, sin embargo, a la larga incrementa la intensidad y la duración de las "pataletas", ya que los padres sin darse cuenta están afianzando y reforzando la inadecuada conducta de su hijo.

Si los padres consideran que el significado del lloro de su hijo no es una necesidad perentoria, por despegado que parezca, lo mejor es ignorar la llamada. El niño descubrirá que su medio resulta improductivo y él solo cesará en el empeño. No obstante, es necesario advertir a los padres que las primeras veces que actúen así, seguramente, se producirá el efecto contrario al esperado, puesto que su hijo aún no está acostumbrado y creerá que debe llorar más y más fuerte para ver cumplidas sus intenciones.

Todo es suyo

El niño de corta edad es por definición egocéntrico, creyéndose el centro del universo. Es lógico que un niño de dos años desarrolle un sentimiento de propiedad ante lo que le rodea, e inclusive ante las personas. Debido a su insuficientemente desarrollada capacidad de comprensión, no es de extrañar que le resulte difícil encontrar la utilidad de compartir lo que es suyo, pudiendo aparecer hasta sentimientos de frustración si se ve obligado a hacerlo. Por ello, los padres debemos actuar con cautela con el fin de no hacer aflorar este sentimiento pero sí hacerle entender la necesidad de compartir.

Es útil recurrir a expresiones tales como "no te preocupes Javier, que tu hermano ya sabe compartir y ahora te dejará su juguete". Por no defraudar a su padre, probablemente, no hoy pero quizá sí mañana, salga de él dejarle el juguete a su hermano.

Se pide por favor y se dan las gracias

Debido al antes mencionado egocentrismo característico de esta edad, los niños no sienten la necesidad de pedir las cosas por favor o de dar las gracias. Simplemente consideran que sus deseos deben ser cumplidos. Es tarea de los padres hacerles comprender que las personas que les rodean no están exclusivamente para estar pendientes de ellos. Cuando soliciten algo deben pedirlo con un "por favor" para valorar el posible esfuerzo que otra persona hará por él o cuando estos sean satisfechos deben ser capaces de demostrar su agradecimiento con un "gracias".

Siempre que alguien que se encuentre cerca del niño pida algo debe hacerlo siguiendo esta norma. Practica con tu hijo, dale un juguete y dile "se dice gracias", cuando quiera algo dile que se pide por favor y, si ya lo ha pedido otras veces -señal de que ya sabe como debe pedirlo-, no se lo des hasta que utilice el "por favor".

Nadie cambia de la noche a la mañana y, por supuesto, menos un niño de dos o tres años. La paciencia debe estar por ello presente en todo momento, así como las alabanzas y elogios ante cualquier pequeño avance.

Pero, ¿por qué muerde/pega a sus amiguitos?

Es frecuente ver cómo niños de uno o dos años muerden cualquier cosa que les rodea, teniendo poco que ver en este caso la dentición. Más bien, se trata de un método de exploración propio de su edad. Sin embargo, a pesar de ser una conducta normal en su etapa evolutiva debemos tomar cartas en el asunto. Una manera eficaz de evitar que se generalice es, inmediatamente después del mordisco, sentarle en una silla sin ningún tipo de estimulación -juguetes, televisión, atención por nuestra parte, etc.- durante un cuarto de hora. Con esto se consigue extinguir la conducta.

De los tres a los cinco años, y más los niños que las niñas, pasan por diferentes etapas en las que desarrollan sentimientos de rivalidad hacia sus iguales que, a menudo, desembocan en conductas "agresivas". Es un deseo de sentirse el más fuerte y de dominar al grupo. A través de explicaciones no demasiado extensas ni complicadas en las que, sin crear sentimientos de culpa, se le advierta del daño que está causando a la otra persona se puede conseguir que el niño exprese sus emociones con la palabra y no con la fuerza.

Rebelde a los dos años

Alrededor de los dos años, período que más o menos coincide con la entrada en la escuela infantil, el niño empieza a descubrir su yo y se ve envuelto en una necesidad vital de mostrárselo al mundo. Dado que a esta edad no se suele tener muy claro el concepto de proporción, lo suelen hacer de manera desmesurada y extremista. Su rebelión no es más que un deseo de consolidar y afirmar su propia persona y esto, a pesar de ser a veces desesperante, es importante tenerlo en cuenta.

Los padres deben tener cuidado de no caer en su juego. Jamás deben perder los nervios como respuesta a su conducta, ya que el niño puede pensar que su poder es demasiado influyente y seguirá insistiendo hasta que le permitan hacer lo que desea.

Si, por ejemplo, quiere seguir jugando cuando es hora de bañarse toma como primera opción decírselo tranquilamente. Si se resiste, cógele de la mano, llévalo hasta el baño e inmediatamente propónle otra cosa para hacer, en este caso, ir desnudándose e incluso si quieres, puedes ir ayudándole tú.

Dar explicaciones a un hijo de estas edades es casi siempre adecuado y necesario. Y digo casi siempre porque, como bien dice John Rosemond, a veces vale más un "porque yo lo digo", que una extensa y complicada explicación que nunca deja satisfecho al niño. No se trata de imponer por imponer ni de infravalorar la personalidad de tu hijo, simplemente se trata de que aprendan quién manda y quién pone los límites

E. Santillana