El niño desobediente

 

Lo primero que hay que dejar claro es que es absolutamente normal que los niños desobedezcan, ya sea a sus padres, a sus cuidadores o a sus maestros. El problema surge cuando esta desobediencia interfiere de forma clara en alguno de los ámbitos - familiar, social o escolar - de la vida del niño. No obstante, si esta desobediencia está interfiriendo o no en la vida de nuestro hijo es algo que debemos determinar nosotros mismos. Cada padre admite unas conductas, cada padre establece unas normas y cada padre desea inculcar a sus hijos unos valores, por lo tanto es difícil establecer una regla general para averiguar si un niño es más desobediente de lo "normal".

Es importante recordar a los dos años un niño empieza a descubrir el mundo que le rodea, empezando por él mismo. Una manera de poner a prueba esta personalidad que acaba de encontrar es oponiéndose a todo. Por lo tanto, se debe prestar especial atención y buscar un término medio entre las órdenes que debe cumplir y la autonomía que debe proporcionársele para seguir desarrollando su yo.

¿Cómo y cuánta desobediencia admito?

Dado, por lo tanto, que cada uno de nosotros establecemos unos límites a partir de los cuales consideramos una conducta como desobediente es importante hacer un registro en el que podamos observar objetivamente estas conductas y los futuros resultados.

Para hacer un registro lo primero que debemos hacer es escoger, especificar y definir claramente qué conducta es la que deseamos cambiar. Definir una conducta significa establecer como, cuanto y cuando se manifiesta, es decir el modo, la intensidad y la frecuencia.

Es preciso escoger una conducta en especial o un par, como mucho, para no desesperarnos a la hora de ver resultados. Una vez hayamos conseguido cambiar dicho comportamiento, podremos establecernos otra meta y abordar otra conducta. Recuerda que "el que mucho abarca poco puede" y en estos casos es imprescindible ir poco a poco.

Para describir el modo en el que se da una determinada conducta resulta esencial que nos olvidemos de las etiquetas. Juan no es desordenado, sino que después de jugar deja sus juguetes en el suelo de la habitación interfiriendo el paso. No todos entendemos lo mismo por desorden y puede que tu hijo no entienda por ello lo mismo que tú. Igualmente, deberás apuntar en qué circunstancias aparece su desobediencia.

Para definir la intensidad y la frecuencia debes cuantificar la conducta para poder comparar en un futuro y ver si los resultados son los que esperas. No es que Pedro no haga casi nunca los deberes, sino que Pedro ha tardado 45 minutos en ponerse a hacer los deberes tanto el lunes, como el martes y el jueves.

¿Cómo se deben dar las órdenes para que sean eficaces?

Para que un niño cumpla nuestras órdenes es necesario dárselas de modo que sean asequibles a su capacidad de razonamiento. En este caso, sí que existen unas reglas básicas a la hora de dar instrucciones.

  1. Cuando vayas a dar una orden hazlo mirando a tu hijo a la cara y con amabilidad. Muchas veces llegamos cansados del trabajo y utilizamos un tono que no favorece en absoluto el cumplimiento de la orden.

  2. Procura elegir con esmero el momento en el que le vas a pedir que haga, o deje de hacer algo. Si tu hijo está viendo su programa favorito o jugando a lo que más le gusta lo más probable es que haga caso omiso a tus peticiones.

  3. Deben ser claras y lo más sencillas posible. Si quieres que tu hijo recoja su cuarto especifícale qué tiene que hacer, guardar los juguetes en su sitio, doblar la ropa, guardar el material escolar en la cartera... Es una manera de ponerle fáciles las cosas e incitarle a la actuación.

  4. Asegúrate que tu hijo entiende lo que le has pedido utilizando un lenguaje apropiado para su edad.

  5. Da las órdenes de una en una y procura que la orden en sí sea lo más corta posible. Si le das a tu hijo una lista interminable de instrucciones para cumplir probablemente quede desconcertado, no sabrá por donde empezar y, quizá, ni siquiera empiece. Es preferible darle una orden, esperar a que la cumpla y pasado un tiempo razonable, darle otra.

  6. Expresa tu orden tan solo una vez y espera a que la cumpla.

  7. Tu hijo debe saber con anterioridad que si no cumple lo que le has dicho recibirá un castigo, como por ejemplo no ver su programa favorito, bajar media hora más tarde al parque... Intenta cumplir siempre esta regla. Si tu hijo aprende que tus amenazas no se cumplen, no verás ningún resultado. No caigas en el error de castigar una misma conducta unas veces sí y otras no. Tu hijo intentará poner a prueba tu decisión. Si decides castigar debes hacerlo siempre. No levantes el castigo, tu hijo sabía a que se atenía si no cumplía tus órdenes a la primera, además con esto le ayudarás a hacerse responsable de sus actos.

Consideraciones

Si tu hijo desobedece, según tú más de lo normal, piensa un momento si no se lo estás propiciando. Por ejemplo, si tu hijo "monta un numerito" a la hora de irse a la cama y tú, con el fin de evitarlo, le permites que se quede un rato más despierto le estarás enseñando -inconscientemente- que si llora y chilla puede retrasar su hora para acostarse. Para ti que deje de patalear y chillar es un refuerzo, ya que desaparece algo que a ti te resulta desagradable. En estos casos es mejor que te armes de paciencia, evites centrar tu atención en él y aguantes el chaparrón hasta que pase. Tu hijo verá que su método es inútil y algún día dejará de utilizarlo. No obstante, debes tener en cuenta que se puede producir un efecto rebote y la intensidad de las pataletas de tu hijo puede aumentar los primeros días que utilices esta táctica considerablemente. Esto se debe a que tu hijo no entenderá porque hasta entonces le había funcionado y ahora ha dejado de causar efecto, creerá que si chilla más tú cederás y encontrará lo que busca.

Si lo que queremos es que nuestro hijo reduzca al máximo sus conductas desobedientes, debemos también hacer especial hincapié en aumentar las conductas "deseables". El refuerzo es uno de los recursos más influyentes a la hora de aumentar cualquier tipo de comportamiento. Sin embargo, hay que saber utilizarlo bien y no abusar de él. Tú hijo, igual que el castigo, debe saber cuál será el premio por obedecerte. Al principio puedes utilizar frases como "Cuando pongas los cubiertos, los vasos y las servilletas ordenadamente en la mesa podrás ver la tele durante 15 minutos antes de la cena".

No olvides nunca, aunque al principio utilices el refuerzo material, reforzarle igualmente con caricias, alabanzas y besos. Cuando vayas viendo los resultados, cambia el refuerzo material por este último, con el fin de no acostumbrarle a obedecer solo si recibe algo a cambio.

Una variante del refuerzo es puntuar simbólicamente las conductas "deseables" que tu hijo hace y canjearlos por un refuerzo real. Para ello, debes sentarte con él y establecer qué conductas serán premiadas con puntos y cuántos obtendrá cada vez que cumpla tus órdenes a la primera. Del mismo modo, deberéis fijar cuál será refuerzo real y cuantos puntos necesitará para conseguirlo. Apuntad todo en un papel para no dar cabida a equívocos.

Algunos ejemplos de refuerzos reales pueden ser, ir al parque de atracciones y que cueste 100 puntos, ir a una exposición que trate sobre un tema que le interese a tu hijo y que cueste 90 puntos, acostarse un cuarto de hora más tarde el sábado y que cueste 75 puntos, pasar un día entero en el campo y que cueste 125 puntos, etc.

Si tu hijo es demasiado paciente y desobedece tus órdenes un día porque no le importa retrasar la obtención del refuerzo real, retírale un determinado número de puntos -que deberéis establecer con anterioridad- inmediatamente después de su incumplimiento.

E. Santillana