Cómo hablar del sexo en casa

En el momento en que nos formulamos la pregunta "cuándo empezar a hablarle a mi hijo sobre el amor y el sexo", consideremos que ya hemos empezado a hablar con él desde el momento de su nacimiento y quizá antes. Desde el instante que sabemos que es "niño" o "niña", comenzamos a tratarlos de una manera diferente de acuerdo al sexo al cual pertenecen. Allí comienza el diálogo aunque no haya palabras, con las actitudes que adoptamos con la elección de su ropa, con esa camiseta de fútbol que ha colocado el papá en la pared de la habitación, con la alegría del abuelo que ve perpetrado su apellido, o con el pomposo moisés lleno de volantes y puntillas de color rosa que pacientemente confeccionó la abuela.
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También hay otra clase de información que se proporciona a los hijos desde el momento en que nacen, expresada a través de caricias, mimos, contacto físico, besos que les dicen que: tocar, besar, acariciar son todas cosas agradables y placenteras y hasta mágicas: un beso en donde hubo un golpe calma el dolor, una melodía serena, recostarse en el pecho materno alivia la ansiedad. Los bebes y los niños pequeños aprenden por experiencia y observación, no sólo por lo que se les diga, por lo tanto las demostraciones afectivas de la pareja, que constituirán la educación sexual temprana del pequeño, refuerzan la idea de que amar y tocarse es algo maravilloso. Por contrapartida, una actitud distante entre los padres o con los mismos hijos, se le estará dando una información sexual totalmente distinta.
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La educación sexual es una parte más de la educación vital y somos los padres los primeros educadores. Educamos a través de las prohibiciones y permisos, de los juicios de valor del entorno relacionado con el sexo, con nuestras miradas de aprobación y rechazo, con la relación que tengamos con nuestra pareja. Sin embargo cuando llega el momento de hablar con nuestros hijos acerca del sexo, no nos resulta tan sencillo a veces por nuestras propias limitaciones. Carecemos de modelos pues en nuestra infancia no se hablaban estos temas. Nuestros padres tampoco los tuvieron. Somos nosotros quienes tenemos que crearlos.
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A los niños hay que decirles la verdad. Algunos padres al enfrentarse a una pregunta delicada pueden desear dar una respuesta verdadera pero sentir al mismo tiempo que sus hijos no están preparados para conocer los detalles. Probablemente ambas ideas sean correctas, pero en lugar de desentenderse o dar una versión modificada de la realidad, es preferible optar por proveer la cantidad de verdades que el niño pueda manejar.
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Los niños son naturalmente curiosos. A partir del momento en que son capaces de formular una pregunta - aproximadamente a los dos años de edad - no cesan de bombardear a sus padres con "¿Por qué?", ¿"Qué?", "¿Dónde?" y "¿Cómo?". Sin embargo, una cosa es encontrar una respuesta para la pregunta "¿Cómo funciona un coche?" y otra muy diferente es hallarla para "¿Cómo nací yo?". Decir la verdad significa comenzar por hechos simples e ir construyendo una información más compleja a medida que el niño va creciendo. Por ejemplo, pocos niños pueden manejar la mecánica del sexo antes de los ocho años. Muchos tardarán más tiempo en estar preparados para esa información y unos pocos lo harán antes. Un niño puede confundirse si se lo atosiga con explicaciones muy sofisticadas en la etapa en la cual bastaría con respuestas muy simples. Cuando un niño está mental y afectivamente preparado para recibir una información, dársela no resulta embarazoso.
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Muchos padres creen que en lo que respecta a las cuestiones de la vida, los sexos deben ser segregados y, por lo tanto, papá se ocupará de hablar con los varones y mamá de hacerlo con las niñas. Esto parece ser el orden natural las cosas, pero no es muy acertado cuando uno de los padres es abierto y el otro muy rígido. Si nos ponemos en el lugar del niño, indudablemente lo mejor en este caso es que asuma la responsabilidad aquél que se sienta más cómodo respondiendo las preguntas, sin importar cuál sea su sexo.
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Callar a los interrogantes de nuestros hijos es también una forma de educar; con el silencio y la evasión estamos enseñando que del sexo no se habla, ni se pregunta. También es frecuente que se piense que descubrirán las cosas por sí mismos, como lo hicimos nosotros, o que ya saben suficiente. Sin embargo no es así, nuestros hijos no sólo necesitan información sino la confianza de poder hablar con sus padres sobre lo que les preocupa. Partiendo del hecho de que el niño es un ser sexuado y sexual desde el nacimiento, su desarrollo es el que nos va a dar la pauta de sobre qué y cuándo debemos informarlo, simplemente atendiendo sus preguntas, sus curiosidades, sus miedos, sus gustos...
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Alrededor de los 2 ó 3 años los niños comienzan a preguntar explícitamente sobre sexo, es a esa edad que descubren sus genitales como aquella parte de su cuerpo que lo diferencia del otro sexo y lo manifiesta espontáneamente de acuerdo con su adquisición del lenguaje, sin sentir aún la presión de la censura social sobre el tema.
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¿Todos los niños tienen pito?, ¿El abuelo también?, ¿Por qué yo no tengo pito?, ¿Por qué las mamás tienen tetas grandes?... Éstas son algunas de las preguntas que suelen formular. Éste es un momento especial para los padres porque respondiendo a su curiosidad estamos generando confianza en el hijo en cuanto a que somos la mejor fuente de información. Al mismo tiempo los adultos podremos comenzar a poner en práctica el hábito de la comunicación e ir preparándonos para preguntas más complicadas, aquellas que aparecen durante la adolescencia y que muchas veces no tienen que ver con lo estrictamente biológico, sino con los sentimientos, los valores, la libertad, los prejuicios, las pautas culturales, que seguramente nos pondrán en una prueba no siempre fácil de resolver.
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En todo caso si la curiosidad de nuestros hijos supera nuestra capacidad de respuesta, no nos alarmemos, siempre se puede volver atrás, corregir errores, o predisponernos a revisar conceptos gastados, o en todo caso reconocer nuestro desconocimiento, invitándolo a investigar juntos sobre el tema, lo que sí es importante que él sepa de nuestra disposición a escucharlo, de crear puentes de comunicación. Si por el contrario le hemos dado mayor información de la que nos pide, o nos hemos puesto catedráticos, él se encargará de hacérnoslo saber, ya sea aburriéndose o simplemente filtrando lo que responde a su interés del momento.
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¿Y si no pregunta?. A veces los chicos preguntan sin palabras, hablan con sus gestos, sus juegos, sus actitudes: levantar la falda de una compañera, o tratar de espiar cuando un amiguito va a hacer pis, es una manera de preguntar. Será responsabilidad nuestra estar atentos e incentivarlos, no "acosarlos" para que verbalice su curiosidad.

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